Kiko Vega

Ne paniquez pas

Una historia indie de fantasmas: A Ghost Story

Editor, guionista, director de fotografía, realizador… David Lowery es un todoterreno que con 19 años rodó su primer cortometraje, Lullaby, y desde entonces no ha parado.

Cada vez más ambicioso y cada vez mejor rodeado, Lowery se encontró en 2013 con un gran año al encargarse de la edición de la portentosa Upstream Color, la segunda barbaridad de Shane Carruth, y rodar la película que le abrió las puertas de la industria de par en par: Ain’t Them Bodies Saints. Nominaciones, premios, festivales… ese es el hábitat natural de un director que, a veces, necesita aceptar propuestas puramente mainstream para poder financiar sus proyectos más personales.

Y eso es exactamente lo que hizo al aceptar la emocionante Pete’s Dragon, una peli Disney de esas que te pillan desprevenido en el AVE y acabas llorando sobre el hombro de un desconocido. Diablos, este tipo tiene talento y además sabe tocar la fibra. ¿Por qué no destrozar también el cerebro del espectador? Eso es lo que este talentoso retratista debió pensar durante la gestación de A Ghost Story.

En este reto formal para la generación Instagram, Lowery deposita toda su confianza en Andrew Droz Palermo y su 1.33, con unos resultados sorprendentes, pero lógicos y muy alejados de la razón “cuqui” que se te viene a la cabeza. El otro nombre clave de la producción es el de Daniel Hart, que venía de escribir para el director la música de su anterior largometraje en Disney y que, sin darnos cuenta, es el verdadero protagonista de la película .

Armados con el compromiso de unos actores que venían de rodar juntos una película con el mismo director y con un guión de unas 40 páginas (apenas hay diálogos), invirtieron con precaución los 100.000 dólares de presupuesto en una película que ya les ha devuelto quince veces lo invertido. Será porque además de pocas palabras, ese guión incluía un sindiós de anotaciones. 

A Ghost Story es cine minúsculo, una película muy pequeña que mira a los ojos de la misma existencia de la vida con honestidad y un par de conceptos abrumadores. Es ciencia ficción, es terror, es drama, es ver para creer. Es vida y muerte. Es la puta bida, tete.

Todos los elementos del cine de terror están aquí: un fantasma cubierto por una sábana, música de cuerda que hiela la sangre, varios fenómenos extraños… por no faltar no falta ni el clásico poltergeist de cocina, ese clásico punto de inflexión en una familia que habita una casa embrujada que llega cuando la cubertería vuela por los aires, solo que lo verás como no se ha visto nunca antes. ¿Y los efectos especiales? Claro, alguno hay. Una de las secuencias más impactantes de la película, a la que no haremos referencia pero reconcerás claramente, está rodada en un croma. Aunque cueste creerlo gracias al inmenso talento de la gente de Weta Workshop.

Por si no fuera suficiente con poner en tela de juicio la motivación o la razón de la existencia de un ente paranormal, el guión de Lowery  hace hincapié en algo más grande que la vida misma y que el personaje de Will Oldham verbaliza en el speech central de la película.

Esos ciclos presentes en la historia y en la Historia están perfectamente capturados por la cámara en unos planos portentosos de los que se nutre una historia que ha encontrado un aliado excepcional en la decisión estética de su formato: en estos 4:3, el fantasma siempre ocupará un lugar destacado, central, clave en cada uno de los planos.

Y antes mencionábamos la música de la película, compuesta por uno de los nombres del año, Daniel Hart, que consigue sobrecoger al más escéptico de los espectadores y que, por si fuera poco, marca el ritmo de la narración.

Esta combinación de elementos tan difícil de lograr en estos tiempos de fast food cinematográfico hacen de A Ghost Story la película ideal para cualquier Halloween, San Valentín o lo que sea. Uno de los milagros del año.

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Kiko Vega • October 27, 2017


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