Ne paniquez pas

Kiko Vega

La forma del agua: la mujer de la limpieza y el monstruo

No sé cómo será la vuestra, pero mi relación con Guillermo del Toro nunca ha sido demasiado afectiva. Llegué muy joven a Cronos, Mimic me gustó menos que otras Dimension y El espinazo del diablo era una de la Guerra Civil. Estupenda, pero de la Guerra Civil. Afortunadamente, el tren de Hollywood volvió a pasar y consiguió que una paletada como Blade tuviera una secuela divertida. Por si fuera poco, marcó la peli de aventuras más entrañable de su tiempo con la adaptación de Hellboy. Con El laberinto del fauno volvió la moñez bélica nacional y con la secuela de Hellboy, tan estupenda como debía ser, todos empezamos a entender un poco mejor que las murallas que Donald Trump quiere levantar ya tapiaban las taquillas americanas. Porque ni Crimson Peak ni Pacific Rim, sobre todo esta última, funcionaron allí.

Con ese currículum, en Universal echaron abajo la persiana cuando el director se ofreció para devolver a la primera plana a una de esas criaturas que (de)formaron su trayectoria: la criatura de la laguna negra. Los nuevos tiempos requieren otro tono, dijeron, y mientras se frotaban las manos con su hermoso último cadáver, el Dark Universe, el mexicano se fue con la música a otra parte. Y hablando de música, que no pase otro párrafo sin aplaudir otro mayúsculo trabajo de Alexandre Desplat.

Afortunadamente para él, en Fox no tuvieron ninguna pega y sacaron veinte kilos de nada (seamos realistas: 20 kilos no son NADA para una producción de estas características), un dinero que, junto a la libertad que tanto ansía el director,  dieron como resultado una fábula que, ahora sí, se ha visto justamente recompensada, a nivel financiero y de prestigio.

El universo del director sale disparado y llena de luz (verdosa) y color (turquesa) una fábula ambientada en los fríos años sesenta, con el telón de acero y la infinita crueldad del ser humano como localización genuina. Elisa (extraordinaria Sally Hawkins), es una joven muda que trabaja en el mantenimiento de un laboratorio, donde se encontrará con un extraño personaje (Doug Jones) recluido por la fuerza. A partir de ese encuentro entre dos bichos raros, comenzará una carrera a contrarreloj contra el tiempo, el contraespionaje y uno de los villanos más horrendos de los últimos años, el siempre eficiente (y muy cabrón) Michael Shannon, en forma de huida desesperada de un mundo que no está hecho para gente con corazón.

Secundada por el infalible Richard Jenkins y una inspirada y contenida Octavia Spencer, La forma del agua cambia de velocidad en su ecuador, cuando sus guionistas (el propio del Toro y Vanessa Taylor) deciden que es el momento de apartar la melancolía (pero solo un poco) y pasar a la acción. Es ahí, cuando la fábula se da de bruces con la sangre, cuando el dolor se vuelve tangible, cuando la película despega.

Para ser justos, debo decir que, al igual que me pasó el año pasado con algún que otro título, necesitaré un segundo visionado. La forma del agua, posiblemente la mejor película de Guillermo del Toro, es un torbellino de emociones y pasión cinéfila de primera, pero también un catálogo de situaciones de guión y resoluciones “porque yo lo valgo” muy similares a las maniobras gratuitas de su colega Alex de la Iglesia.


Del Toro estira y retuerce la trama para conseguir encajar todas las piezas y referencias que necesita para denunciar, rescatar, premiar y redescubrir todo su mundo interior, siempre lleno de monstruos y, por esta vez, sin molestas hadas voladoras.
Al final, recuperados del atropello y del empacho, aplaudimos, pero siempre con la ceja arqueada y con la desconfianza habitual del cine que rueda este fenómeno cuando no está supervisado por algún tiburón de estudio. A veces las cortapisas son necesarias, aunque tenga planos tan portentosos como el del interior de la sala de cine.

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Kiko Vega • February 4, 2018


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