Ne paniquez pas

Kiko Vega

Jurassic World: El reino caído, los dinos también lloran

Si hay alguien que sabe cómo funciona eso de “empieza con un buen tsunami tu película y ya nadie se moverá de la butaca”, es Juan Antonio Bayona.

Ha pasado más de una década desde que inaugurase una edición de Sitges con su primera película, una producción de Guillermo Del Toro, y desde entonces no ha parado de agrandar su leyenda. Sus tres películas como director están entre los seis primeros puestos de las películas más taquilleras de la historia en España, así que, más que nos pese de vez en cuando por problemas de afinidad con quien rezuma ese clasicismo que conquista a nuestros padres, al menos Bayona no se ha diluido como hiciera Alejandro Amenábar en su momento al apostar por producciones pomposas que solo le importaban a él. Y además Bayona es mejor director.

¿Quién mejor que un as de la taquilla (nacional) para manejar un blockbuster cuya entrega anterior se colocó como la quinta película más taquillera de todos los tiempos?

La película de Colin Trevorrow resucitó una franquicia necesitada de sangre fresca con, al fin, una jornada de puertas abiertas en el parque de atracciones más peligroso de todos los tiempos. De acuerdo que ni el casting, ni las interpretaciones ni la cámara estaban a la altura del espectáculo (no tan inmaculado) que pariese Steven Spielberg en 1993, pero los tiempos han cambiado y en estos tiempos de blocbusters descerebrados y urgentes recibimos con cariño a esos depredadores con ganas de libertad que al menos se desenvolvían a pleno sol.

Partiendo por la mitad el número de guionistas respecto a la anterior entrega, Jurassic World: El reino caído, ofrece más novedades de las que cabrían en una nueva isla paradisíaca alejada de la mano de dios, llena de accidentados seres humanos esquivando la muerte entre palmeras sobre sus dos extremidades inferiores y gritando. Y eso que, al menos hasta la mitad de su metraje, es exactamente eso: repetición.

Afortunadamente, una vez finaliza la primera parte de una película partida en dos mitades, algo siempre antipático, comienza la verdadera revelación de la franquicia: una película de terror desarrollada en interiores. En interiores llenos de recovecos, rincones secretos, laboratorios donde se juega a ser dios y linajes malditos.

A pesar de los inevitables tics de un realizador convencido de que el academicismo lleva implícito algo de ranciedad perezosa para toda la familia, la película deja para el recuerdo un puñado de momentos top en una franquicia que venía, tal y como dice el personaje de Chris Pratt, de recorrer la selva en moto rodeado de velociraptores.

Con unos personajes de encefalograma plano orgullosos de serlo, un sentido del espectáculo de la vieja escuela y cierto regusto por el horror gótico (de ahí lo de mencionar a su padrino al inicio de este texto), la nueva película de “Parque Jurásico” no es, por primera vez, una de parque jurásico. Al menos durante un buen rato.

Ahora toca cruzar los dedos para que el desenlace de esta nueva trilogía esté a la altura de las expectativas y, sobre todo, de la trilogía sobre el planeta de los simios que amenizó nuestras vidas estos últimos años. Colin Trevorrow tiene mucho trabajo por delante pero oye, siempre puede apearse del proyecto. No sería la primera vez.

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Kiko Vega • June 12, 2018


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