Kiko Vega

Ne paniquez pas

Impossible & Furious

Hi I’m Johnny Knoxville, welcome to Jackass“.

Así comenzaba la saga de estupideces más divertida y escatológica que no verán vuestros hijos, pero desde que en 1996 Brian De Palma diera el pistoletazo de salida al exclusivo juguete al servicio de Tom Cruise, nada menos que la mayor estrella de la historia del cine, el espionaje mundial se convirtió en el patio de recreo particular de este astro irrepetible que se comporta como un Jackie Chan sofisticado y que transforma el mito del agente secreto en un parque de atracciones donde todo es posible. Hasta fallar.

Mission: Impossible – Fallout, es la entrega más especial de la franquicia. Primero, por ser la única entrega que repite director, algo completamente lógico si echamos la vista al “episodio anterior”, donde Christopher McQuarrie se desenvolvía como nadie en la entrega más vibrante hasta el momento de la franquicia de su colega Cruise.

McQuarrie, un tipo de trayectoria bastante peculiar, ganó un Oscar al mejor guión (Sospechosos Habituales) el año que se estrenaba la primera película de Misión Imposible. Nada que ver con su participación en el de The Tourist, aquella movida de Florian Henckel von Donnersmarck que resultaba tan ininteligible como el nombre de su director. Y así llegamos a 2008, donde se forma el triángulo que uniría al pasado (Bryan Singer) con el futuro (Cruise), en una película mejor de lo que la gente se piensa pero a la que siempre da un poco de pereza volver: Valkiria. Tras un primer acercamiento con la simpática Jack Reacher, todo un regreso a los valores del mejor cine de acción de los 90, y una ayudita en la fabulosa Al filo del mañana, estrella y director se citarían más adelante en la ya indispensable Nación Secreta, una película que se acababa únicamente porque las películas tienen un final. Y aquella lo hacía con un “continuará” como la cima de la montaña más alta de Cachemira.

Y así llegamos, insisto, a la primera “secuela”, la primera película donde repite un director y la primera entrega en sobrepasar los 132 minutos. Pero ojo, esto no es Quantum of Solace: aquí cada minuto, cada segundo, está diseñado para dejarte con la boca abierta. Cada punchline, cada giro, cada secuencia de acción o transición, se condensan en un cuerpo único y adrenalínico.

Quizás para compensar esa repetición autoral, el director da un volantazo y cambia de director de fotografía, y en un movimiento inesperado prescinde de Robert Elswit, uno de los mejores del mundo, por Rob Hardy, un fotógrafo mucho más radical que, gracias a dios, presenta su trabajo más espectacular y, en parte, comedido. Además, la música de Joe Kraemer deja paso a las partituras de Lorne Balfe, con uno de los resultados más sobrios y rudos de la saga.

Esos cambios eran necesarios, vistos los resultados de Misión: Imposible – Fallout, una película donde una caída libre, una persecución en motocicleta por el centro de París o una persecución en helicóptero (sí, has leído bien) solo valen si se ve con perfecta nitidez.

Cuando Christopher Nolan quiso meter una cámara IMAX en un avión no pensó que, a lo mejor, lo más guay era sacarla fuera. Como han hecho Cruise & McQuarrie con sus chorras.

Kiko Vega • July 28, 2018


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