Kiko Vega

Ne paniquez pas

¡Gora Netflix!

No tengo ni idea de quién demonios bautizó a Luis Piedrahita como “El Rey de las Cosas Pequeñas”, pero en un mundo justo el título tendría un nuevo dueño desde el momento en que Borja Cobeaga decidió plasmar en películas su pasión por lo bajona y la pochez.

Tras debutar con el acierto de Pagafantas, dejando claro que Bunbury es cosa de risa y el amor una puta mierda se mire como se mire, los aplausos ardientes se volvieron americanos con su siguiente trabajo, No Controles, que en principio tenía un título mucho más atrevido que se eliminó para no herir sensibilidades: Retrasado. ¿Sería que en 2010 la gente era más gilipollas que ahora?

Parece que no, porque con la excelente Negociador, una comedia tan divertida como una peli de Michael Haneke, pocos fueron al cine y ahora con su nuevo largometraje, la deliciosa Fe de Etarras, ha tenido que conformarse con Netflix… y con unas cuantas quejas que acusan a su obra de ficción de ser un documental que enaltece el terrorismo. Vamos, que ni él ni Diego San José habrían imaginado a uno de sus personajes expulsando semejante cantidad de vergüenza ajena por la boca.

Lo que en Negociador era gris oscuro y hacía de ella un trabajo mucho más exigente, se transforma aquí en una afable recreación de la descomposición del mundo tal y como lo conocemos. Fe de Etarras convierte la teoría del caos en el Mundial de Sudáfrica con pinceladas de cine apocalíptico de andar por casa: la selección española de fútbol gana un Mundial al otro lado del mundo y una de las organizaciones TOP de terrorismo mundial se tambalea.

Posiblemente el trabajo más deudor de su periodo televisivo en la gloriosa Vaya Semanita, la habilidad y la velocidad de los diálogos de Diego San José y el extraordinario manejo de los actores que siempre logra el director hacen que sus escasos noventa minutos pasen fugaces cual episodio de sitcom.

Y es que la magia está en las palabras y en la forma en que se dicen: las ganas de Pernando cada vez que se viene arriba, la trágica reacción ante el acto de la rendición, manejada con unos códigos  entre la conversión al terrorismo y la enfermedad terminal y la paranoia psicótica que se va apoderando de los personajes nunca están sobrecargados.


Ahora que el país está más roto que nunca, no viene mal sentarse a comer unas croquetas y pensar un poco si no estaremos haciendo algo mal. A lo mejor se nos ocurre tapiar esos problemas y seguir hacia delante. O al menos, hacia la ventana y poder contarlo.

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Kiko Vega • October 14, 2017


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