Ne paniquez pas

Kiko Vega

El hilo invisible: vestidos de ambición

Paul Thomas Anderson tiene que ser un cabrón insoportable. Me lo imagino a medio camino entre el  Barry Egan de Punch-Drunk Love y el Reynolds Woodcock de su nueva propuesta, un aterrador pero cercano drama romántico que no duda en poner ojitos al cine de terror victoriano en forma de versión sofisticada de aquella embriaguez amorosa.

Probablemente el contrapeso vital de Anderson sea compartir vida con la siempre divertida Maya Rudolph, porque a ver quién es el guapo que aguanta tanta intensidad y toneladas de marihuana. Menos mal que también roba el Netflix de los colegas.

El hilo invisible es su octavo largometraje, el segundo con  Daniel Day-Lewis como protagonista, que vuelve a demostrar que hay muy pocos mejores que él en un personaje diseñado a la medida de este extraordinario talento londinense que sobrepasará los sesenta esta próxima primavera.

Flanqueando al protagonista de la historia nos encontramos a la revelación Vicky Krieps como Alma, nombre del personaje que trastocará los cimientos de ese caserón de las sombras donde una vez se vendió un alma a cambio de la moda eterna. El nombre del personaje no es nada casual. Anderson, de nuevo guionista, no deja nada a la improvisación. Ni frases, ni gestos ni contraplanos a una montaña nevada que Woodcock jamás logrará coronar.

El otro extremo del triángulo se lo queda la Cyril de Lesley Manville, hermana fría, metódica y confidente que mejor conoce las manías y costumbres de un tipo que no estaba preparado para enamorarse de su musa.

El modisto de la realeza deberá aprender a convivir con el amor y el deseo, único remedio para mitigar la profunda ira que carcome su alma, hasta que una situación inesperada y agradecida por el espectador, poco acostumbrado a las emociones fuertes del drama romántico de los cincuenta, nos recuerde que el amor no tiene que ser necesariamente hermoso. Ni siquiera compartido.

Entre sudores, discusiones y atisbos de descomposición, tanto física como emocional, Anderson nos va guiando hacia lo que termina siendo, con mucho, su trabajo más amable. Una comedia romántica fuera de toda lógica, seca, áspera, donde demuestra que a pesar del modisto, nadie toma mejor las medidas que el propio director, un diseñador de cine puro que debería ser especie protegida. Jonny Greenwood, que entrega la mejor banda sonora  de su carrera, incluso nos hace dudar sobre si la razón de su existencia en el mismo mundo que nosotros se debe a Radiohead o a encontrarse con el cineasta al que ha compuesto ya cuatro bandas sonoras, la mitad de su filmografía.

El último apunte, genial, nos recuerda que en esto del amor, lo más importante no es no decir nunca “lo siento”: es saber tragar.

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Kiko Vega • February 15, 2018


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