Ne paniquez pas

Kiko Vega

Blackwood: la sombra de una musa

Maldito verano. Hace tanto calor que lo único que buscas es el cobijo de un cine donde, casi con toda seguridad, estarán proyectando el enésimo blockbuster pagado con renminbis y carente de personalidad. Pero fíjate bien, porque en una de esas salas, tal vez en la más pequeña, pasen la nueva película de uno de los mayores talentos de nuestro cine.

Rodrigo Cortés despuntó con una de esas raras primeras películas que no envejecen y que te permiten pasar de inmediato a poner en apuros a una superestrella internacional en tu siguiente película. Tras ellas llegó un (siempre personalmente) desencanto con su tercer largometraje, algo que puede pasar y que siempre se puede corregir. Además, sus secciones en distintos medios culturales y la brutal labia que demuestra mientras nos divertimos aprendiendo con sus colaboraciones en ese grupo que ha formado en Todopoderosos, eran una señal para no encender las alarmas. Cortés volvería. Y ahora tienes en los cines Blackwood, que es el retorno que nadie esperaba. Al menos no sobre el papel.

Adaptando la novela de Lois Duncan Down a Dark Hall, Cortés, al igual que hiciera en Buried, toma las riendas de un material (doblemente) ajeno al que sabe dotar de una atmósfera y un ritmo inusual este tipo de propuesta, a priori, tan destinada a una audiencia young adult más cercana a la saga Twilight que a, pongamos, el cine de Dario Argento. Sí: a Suspiria.

Y la saga Crepúsculo no es una referencia gratuita, ya que Blackwood está producida por sus responsables, expertos en el tema como así lo acreditan otros títulos como El corredor del laberinto o también Eragon.

Donde Rodrigo Cortés sigue sin ceder es en la mesa de montaje, probablemente el único sitio donde se siente tan cómodo como en el set. Y es que ha sido el editor de todos sus trabajos (y de otros como Grand Piano o Emergo), algo que termina por hacer encajar todas las piezas y las intenciones de una puesta en escena que, dependiendo de lo que pida la escena, puede ser un concierto de piano o el bis de una triunfal aparición festivalera. Hablando de música, también se mantiene la colaboración del director con Víctor Reyes, otra herramienta indispensable de su cine.

El casting de la película es una delicia. AnnaSophia Robb tira de un carro donde se suman Isabelle Fuhrman (la Esther de Collet-Serra), Victoria Moroles, Taylor Russell y Rosie Day, actriz que ya sufrió de lo lindo en The Seasoning House, por lo que llega a la academia Blackwood curada de espantos. Redondea la función la siempre enigmática Uma Thurman, una pieza de coleccionista, extraordinaria actriz y valor añadido de cualquier producción.

Pero la mayor de las sorpresas de la película se encuentra en el tono, adaptado ejemplarmente a estos tiempos que vivimos y que nos ayuda a viajar a ese ficticio centro para menores con problemas que busca a los mejores ejemplares de las distintas artes que el destino pueda brindar. Así, lo que prometía ser oreo verano en Hanging Rock o en un giallo moderno, demuestra tener una personalidad única que convierte a Blackwood en una aproximación a los peligros faustianos lúdica y sugerente. Una equilibrada historia de terror de la vieja escuela que sabe dejarse inspirar por las musas. 

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Kiko Vega • August 13, 2018


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